18 de Noviembre, 2016

Los aviones de madera que revolucionaron la aeronáutica y conquistaron los cielos

Desde Brasil llegó esta semana el que es considerado el avión más grande del mundo, el Antonov 225, pero el “Mosquito” y el “Hércules” ─uno por su rapidez y el otro por su envergadura─ siguen siendo los íconos de la historia de la aviación.

Hoy es casi impensable, pero en sus orígenes la madera fue uno de los primeros materiales utilizados para construir aviones. Esto, debido a su ligereza y resistencia, que fueron las propiedades que mejor sirvieron para dominar los cielos.

La mayoría de los aviones construidos durante la Primera Guerra Mundial fueron, precisamente, hechos con marcos de madera y revestimientos de tela, los cuales retrasaron el desarrollo de aviones de otro tipo de materiales que tenían la desventaja de ser muy pesados y vulnerables a la corrosión.

Sin embargo, la gran revolución de los aviones de madera llegó a fines de la década de 1930, cuando la compañía británica DeHavilland decide diseñar y fabricar el avión bombardero más rápido de la época, el “Mosquito”, también apodado la “maravilla de madera” o el “terror de madera”.

Empleó para ello madera de balsa ecuatoriana intercalada con abedul canadiense y revestimiento de tela. El metal, en tanto, sólo fue usado para la carcasa del motor y algunos controles de la interfaz. DeHavilland produjo en total más de 7 mil 700 aviones, utilizando también madera contrachapada de abedul.

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Las pruebas que se hicieron a “Mosquito” demostraron que era una máquina ágil, veloz y capaz de realizar complejas acrobacias por los aires, alcanzando velocidades cercanas a las 400 mph. Además, podía soportar con facilidad cargas cuatro veces más pesadas que para las que había sido diseñada la aeronave.

Carpinteros, fabricantes de pianos, constructores de cabinas y cualquiera que supiera trabajar con madera colaboraron en este proyecto. Los módulos para ensamble se construyeron en fábricas de muebles y después eran enviados a una planta más grande. Para acelerar la producción, los ingenieros desarrollaron una técnica donde el pegamento secaba mucho más rápido con la ayuda de microondas.

Y si “Mosquito” resultó ser un excelente avión bombardero y eficiente en carreras de baja altitud ─volando casi a ras de suelo liberando sus artefactos con toda precisión para después escapar a toda velocidad─ “Hércules” se convirtió en una verdadera estrella.

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Fue el avión de madera más grande de la época y aún hoy mantiene ese liderazgo. Fue diseñado por Howard Hughes para flotar, pero en noviembre de 1974 también demostró que podía volar, convirtiéndose en el barco volador más grande jamás construido y con la mayor envergadura de la historia.

Con ocho motores y 300 mil caballos de fuerza, su estructura logró elevarse más de 20 metros sobre las aguas de Long Beach, California, desplegando sus 66,6 metros de largo y 97,5 de ancho.

En cambio, el avión de origen ucraniano que esta semana aterrizó en Chile ─Antonov 225─ mide apenas 88 metros de una ala a la otra, superándolo sólo en longitud desde la punta a la cola, con 84 metros.

Y si bien es considerado el avión más grande del mundo, sin duda el “Hércules” tiene un lugar privilegiado en la historia de la aviación, siendo exhibido y conservado en perfectas condiciones en el Evergreen Aviation & Space Museum, en Oregon.

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