Palafitos, arquitectura viva que resiste entre la marea y el tiempo

Paisaje Palafitos de Istockphoto

En la ribera de Castro, capital de Chiloé, se alzan los tradicionales palafitos, viviendas de madera que parecen flotar y que permiten habitar entre tierra y mar. Sostenidas por pilotes de luma o ciprés, son una forma de habitar única que nació entre el siglo XIX y principios del XX, en respuesta a la migración del campo, para que las familias pudieran vivir de la pesca y el marisqueo, así como de la tierra, al mismo tiempo. Hoy, en medio de la presión del turismo y el desgaste del tiempo, siguen manteniendo el vínculo con la historia y la cultura que los sostiene.

Charles Darwin describió a Castro, en 1834, como un lugar triste y desolado. Pero ese panorama definido por el naturalista inglés, comenzó a transformarse a fines del siglo XIX gracias a la actividad portuaria y la llegada del ferrocarril. Fue entonces cuando barrios como Gamboa y Lillo empezaron a poblarse de viviendas palafíticas. A inicios del siglo XX, el barrio Pedro Montt recibió a familias que migraban del campo, consolidando un paisaje urbano anfibio: casas con doble fachada, una hacia la calle y otra hacia el mar, que se constituyeron como refugios para familias que encontraban en la cercanía con el mar su sustento y su identidad. Eran también bodegas, talleres y locales comerciales.

Palafitos Chiloé de Istockphoto

Con el tiempo, los palafitos sufrieron embates de incendios, terremotos y políticas de erradicación. A fines de los años setenta, barrios completos como Pedro Aguirre Cerda fueron demolidos. Sin embargo, la resistencia de las comunidades y el interés patrimonial lograron frenar la desaparición total. Hoy en día, en la ciudad de Castro sobreviven tres barrios de tipología palafítica, que corresponde a Pedro Montt I y II, y Gamboa, conviviendo dos realidades: los palafitos convertidos en hoteles boutique y restaurantes turísticos, y los habitacionales, que aún luchan contra la precariedad.

Materiales de una arquitectura propia

Calificados como “patrimonio vernáculo”, por constituir “la expresión fundamental de la identidad de una comunidad, de sus relaciones con el territorio y al mismo tiempo, la expresión de la diversidad cultural del mundo” -como lo expresa la Carta del Patrimonio Vernáculo Construido (ICOMOS, 1999a)-, la construcción de los palafitos respondía a la tradición maderera del archipiélago.

En un inicio se usaban maderas labradas a mano, disponibles en abundancia: luma, ciprés, coigüe, mañío y canelo. Los pilotes, que debían resistir la marea y los embates de moluscos y hongos, se fundaban firmemente en el lecho marino.

Con el tiempo, se incorporaron nuevas maderas aserradas y, desde el continente, el alerce, valioso por su resistencia a la humedad. Era común ver en el puerto de Castro embarcaciones cargadas con tejuelas de esta especie, cortadas a cuchillón, que luego revestían cubiertas y fachadas.

Palafitos Chiloé de Istockphoto

Cada detalle tenía un sentido práctico. Los pilotes daban estabilidad, los envigados y diagonales sostenían las terrazas, y las tejas de alerce protegían las cubiertas de la lluvia interminable. Con el paso de las décadas, a estas maderas se sumaron materiales contemporáneos como el zinc ondulado, el fibrocemento y, más recientemente, revestimientos de PVC.

Los palafitos no fueron estáticos. A lo largo de su historia, absorbieron influencias arquitectónicas de cada época, desde fachadas neoclásicas en los años 30 hasta propuestas modernas en el siglo XXI. Su carácter se forjó en la autoconstrucción, en la creatividad de familias que adaptaban sus casas a las necesidades del día a día y a los recursos disponibles.

Paisaje Palafitos Castro. Imagen de InterPatagonia

Pero al mismo tiempo, se trata de una arquitectura finita. La vida útil de la madera sin mantención ronda los 60 años. Por ello, muchas veces las casas antiguas eran abandonadas para levantar una nueva al lado. Con los palafitos fue diferente, el espacio en la ribera es limitado, lo que ha hecho imprescindible su reparación y conservación.

El desafío del presente

La transformación reciente de los palafitos refleja un cambio en el modelo de ciudad. A partir de los años 90, con el auge del turismo, muchos propietarios optaron por reconvertir sus casas en emprendimientos hoteleros y gastronómicos. Así surgieron los hoteles boutique en los palafitos, espacios que rescatan la estética tradicional, pero con comodidades contemporáneas: terrazas con vista al mar, aislación térmica, ventanales amplios y diseño de autor.

Estos proyectos han ganado reconocimiento internacional y son recomendados en guías de viajes y reportajes especializados. Para los turistas, dormir sobre el mar y despertar con la marea bajo la habitación es una experiencia que combina patrimonio y exclusividad.

Reciclaje de vivienda sobre palafitos para hotel Castro Chiloé – ARQA.

La vida de un palafito está marcada por la marea. Cada subida y bajada del agua acarrea humedad, salitre y microorganismos. Los pilotes, que sostienen la casa como piernas firmes en el agua, requieren un cuidado constante: deben ser raspados cada año para eliminar la “colpa”, ese molusco silencioso que perfora su estructura, y reemplazados cada 15 años si están en el agua, y cada 25 si permanecen en tierra firme. Lo mismo ocurre con los techos y revestimientos, que necesitan limpieza, capas de pintura y barnices protectores cada cinco años, para resistir el embate de la lluvia y el viento. Sin esas atenciones, la vida útil de un palafito se reduce a pocas décadas, y lo que antes era refugio puede terminar convertido en ruina.

Para los hoteles boutique instalados en estos barrios, la inversión en reparaciones suele formar parte de la propuesta turística; se pintan las fachadas, se reemplazan ventanas y se refuerzan pilotes como parte de un proyecto de conservación. Preservar y poner en valor los palafitos protege la identidad de la Isla, así como también abre oportunidades para el turismo sostenible y la creatividad cultural. Cada palafito es una ventana hacia la historia  del patrimonio arquitectónico, y un puente hacia el presente donde tradición y modernidad conviven armoniosamente.

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