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El proyecto ganador del concurso de Arquitectura en la Semana de la Madera 2020 valoriza la educación técnica y su necesaria administración regional

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El estudiante de arquitectura de la Universidad Central obtuvo el galardón en la última versión de la Semana de la Madera con un proyecto que define como “un laboratorio al aire libre”. Se trata de un recinto construido completamente en madera que se utilizaría para experimentar con distintas plantaciones agrícolas y forestales, con el fin de incorporar y valorizar a la educación técnico profesional en las regiones del Biobío y Ñuble en futuros procesos de innovación.

Los nuevos paradigmas sociales, medioambientales y económicos surgidos en este siglo han ocasionado que se creen modelos de triple impacto que sean beneficiosos para todo el planeta y no solamente para una persona o empresa. Un ejemplo de ello es el proyecto ganador del Concurso de Arquitectura en la Semana de la Madera 2020, una propuesta que sigue esta lógica de tres partes.

Unidad educativa para la innovación agroforestal es el nombre del proyecto ganador del evento organizado por Madera21 de Corma hace pocas semanas. Su autor, Hugo Valenzuela, es un estudiante de cuarto año de Arquitectura de la Universidad Central, quien planea articular distintas acciones entre pequeños y medianos productores agroforestales con actores primordiales de la innovación, como son la academia y el empresariado.

Lo anterior se lograría, como dice la memoria presentada al concurso, por medio de un gran edificio construido en madera, el que a futuro permitiría experimentar con una diversidad agrónoma y forestal tal vez nunca antes vista en Chile. A partir de un perímetro controlado para el monitoreo de biomas de experimentación, este lugar facilitaría ensayos de nuevas especies, estudios de adaptabilidad ante el cambio climático y experimentos de convivencia entre plantaciones que compartirían el mismo suelo.

“Me gusta pensar todo esto como un laboratorio al aire libre”, comienza Valenzuela. “Un espacio que se ofrezca para experimentar distintas situaciones, una investigación previa a la aplicación en la economía real. Por ejemplo, ¿cómo convivirá a futuro el pino con otra especie agrícola que nunca tuvo cerca? Cosas así se podrían responder aquí”, aclara.

Triángulo de biopotencial biotecnológico

“Unidad educativa para la innovación agroforestal es el nombre del proyecto ganador del evento / Madera21

La base de este proyecto, cuyo profesor guía es el académico Álvaro Herrera Passi, considera su trabajo en las regiones del Biobío y Ñuble. Se trata de una zona reconocida del país por su potencialidad forestal y agrícola y que tiene tres polos educativos relevantes: Concepción, Chillán y Los Ángeles. Un triángulo de acción que ligaría las necesidades de innovación de empresas locales con las capacidades investigativas de las instituciones de educación superior, en conjunto con la oportunidad laboral que significa perfeccionar a la mano de obra local, mayormente egresada de liceos técnicos profesionales. Este último aspecto sigue la lógica del encargo de la versión 2020 del Concurso de Arquitectura: “Nuevos espacios educativos para Formación Técnica”.

“Este proyecto tiene como referente principal el modelo desarrollado en Alemania, el que básicamente descentraliza la toma de decisiones con respecto al modelo educativo. Esto recae, más bien, en unidades más pequeñas y siempre específicas de acuerdo al territorio. Es cierto que los alemanes tienen empresas grandes y que todos conocemos como Audi o Mercedes, pero también cuentan con un potencial enorme desde la mediana empresa, la que se integra a una cadena de valor donde la escuela técnica es la principal protagonista. Esto también coincide con modelos del norte de Italia, donde empresas medianas y grandes se ven beneficiadas con el sistema educativo técnico profesional, que provee de muchos conocimientos para esas empresas”, comenta Valenzuela.

Para su proyecto, el estudiante de arquitectura cuenta que obtuvo un feedback interdisciplinar con los también académicos de la Universidad Central, Max Hermosilla y Guillermo Mancilla, de Geografía y Microeconomía respectivamente. Luego de varias conversaciones con ellos, de plantear problemas, números e hipótesis, logró llegar a un concepto que le permite resumir su propuesta. Un triángulo de biopotencial biotecnológico.

–¿Qué significa esto?

Este proyecto tiene la potencialidad de aprovechar e integrar a la cadena de valor a un liceo técnico, algo que en Chile no ocurre mucho pero que sí pasa en países desarrollados, donde la educación no recae solamente en universidades. En Alemania, como comentaba, es un proceso que empieza desde la educación técnico profesional. Como en la zona del Biobío ya existe una red desarrollada de instituciones, como la Universidad de Concepción o los distintos centros ligados a la tecnología que hay en Chillán y Los Ángeles, existe la posibilidad geográfica para completar el círculo educativo de todos esos futuros productores egresados de liceos.

–El ganador del concurso indaga sobre el valor de la educación técnica y el sector empresarial.

Con esto la pequeña y mediana empresa de la zona, que es mayormente de gestión familiar, puede tener un gran nexo con empresas más grandes que muchas veces tienen presupuestos tan apretados que provocan, por ejemplo, que la innovación pase a último plano. Primero generan ingresos, luego beneficios y para después queda la innovación, si es que alcanza. Con esto podríamos entregarles algo que muchas veces no pueden pagar, ya que podrían generar una relación sinérgica con cierta escuela técnica, adquiriendo los conocimiento que generan los estudiantes en el liceo, quienes a la vez tienen la oportunidad única de aplicar los conocimientos, algo no muy común en la zona.

–¿Por qué dice que no es muy común en la zona?

Lo digo porque la Región del Biobío tiene una emigración grande y ha perdido muchos habitantes en los últimos diez años. A esto le podemos sumar que es la segunda región del país con menor ingreso per cápita. Un caso paradigmático que estudiamos fue en un liceo local cuya oferta educativa no se condice con las potencialidades de la zona. Por ejemplo, ofrecía mucha mecánica automotriz y otras áreas más relacionadas a los servicios y no al desarrollo forestal. Ese liceo estaba apostando a que la gente migrara de ahí, no a retener posibles talentos. Ojo también que lo agroforestal tiene esa mala imagen de ser una economía primarizada, pero también tiene la oportunidad de generar valor agregado. No sería solo sacar madera, por ejemplo, sino que la investigación que eso lleva atrás.

–¿Qué aportaría entonces un liceo técnico en el territorio?

Me gusta pensar todo esto como una nueva trayectoria educativa, porque genera oportunidades desde la educación media tratando de que esos estudiantes no emigren. Un liceo técnico, al estar coordinado con empresas y universidades, genera arraigo territorial, pensando incluso en que los productores que egresan de ahí pueden trabajar en este edificio que construiremos como también ir a perfeccionarse a por ejemplo la Universidad de Concepción, sin hacer grandes traslados. Sin salir de ese polo, de ese triángulo. Que tengan todo lo necesario para poder innovar de alguna manera.

Descentralización, menor burocracia y más trato directo

Hugo Valenzuela planea articular acciones entre pequeños productores agroforestales con actores primordiales de la innovación / Madera21

–¿Cómo planificó el edificio de su proyecto y en qué se inspiró?

–Teníamos como primera premisa que el edificio debía ser lo más práctico y fácil posible, aprovechando lo generado por la industria forestal. Si bien en algún momento pensamos en meter materiales e innovación propia de la industria maderera, por ejemplo vigas CLT, luego concluimos que algo así no era atingente. Buscábamos un proyecto mucho más barato e intentando fraccionar la misma mano de obra local. Si esto comenzaba con esas premisas, la pregunta era cómo hacer arquitectura de piezas básicas, ya que decidimos basarnos en las piezas seriadas de la madera. Ese fue el desafío: cómo generar una buena arquitectura, simple y sencilla, a partir de piezas básicas y baratas, y a través de cortes simples. Así, de alguna manera simplificaríamos programáticamente el proyecto.

–¿Qué dimensiones tendría el edificio?

–Eso es interesante porque nosotros suponemos un edificio sin escala. O sea, el marco que proponemos se puede replicar 100, 200 o 300 veces si se quiere, dependiendo de la necesidad de la comunidad en específico. Pero para el concurso propusimos una medida estándar de 100×100, la que tuvo que ver con la hectárea, la unidad básica agrícola y forestal. Pero el edificio lo vemos como algo multiescalar.

–¿Se refiere a que podría ser replicable en otra zona?

–Claro, porque es de fácil construcción. Al final, es como un manual de construcción, porque uno puede adquirir la información de manera fácil, ir a comprar las piezas de madera y proponer algo así para su comunidad.

–¿Cree que nuestro país está preparado para algo así? Pensando en la centralización, en la actual inversión en I+D y sobre todo, en la educación técnico profesional de Chile.

–Yo creo que sí, pero eso necesariamente vendrá de la mano con otras cosas. Por ejemplo, lo que pase con el modelo educacional en general. Todo esto viene de la mano con cambios que necesite la legislación actual para descentralizar un poco el tema. Un colegio no actúa como un artefacto que soluciona todo, sino que siempre irá de la mano con políticas públicas o cosas que se puedan generar desde lo público. Nosotros apostamos a una discusión legislativa sobre el tema.

–¿Cuál considera que es el punto más importante de esa discusión que le gustaría dar?

–Sin duda que la descentralización del modelo, o dicho de otro modo, ¿qué sucedería si dejamos a cargo de los modelos educativos a las regiones propiamente tales? Por ejemplo, no será lo mismo uno propio de la Región del Bío Bío a uno de Antofagasta, con todo lo que genera la industria del cobre. De alguna forma, especializar los modelos de educación y desarrollo en base a las necesidades del sistema productivo en cada región.

–¿Qué beneficios traería eso, más allá de lo educacional?

–La ventaja de que sería más fácil articular asuntos con empresarios de la zona. Mucha menor burocracia y mayor trato directo. Entendemos que es más probable que muchos se conozcan y que vengan con una cercanía por el solo hecho de vivir en lugares cercanos. Las personas de allá, más que nadie, saben lo que les conviene. La regionalización del modelo educativo para mí es primordial porque genera menos burocracia y más soluciones rápidas.

¿Y qué mentalidad se debe tener para lograr eso?

–Una integrativa y horizontal, donde todos tengan el mismo valor. Las tres instancias, productores, empresa y academia, son iguales, al igual que un triángulo. Todos los actores tienen el mismo peso y todo se transforma en una negociación más que una imposición.

–Entonces, imagina a un pequeño productor conversando con un decano o el gerente de una empresa grande de la zona.

–Sí, y eso pasa en la zona. Lo que no pasa es la política pública para que se fomente. Si bien hoy en día existen problemas de carácter territorial, el empresariado sí tiene un nexo mucho más cercano con el Gobierno, algo que resulta muy lejano para un pequeño o mediano productor. Eso me hace pensar que los gobiernos regionales tienen poco peso, o uno más simbólico que de gestión propia de la zona.


Escrito por Marcelo Salazar Medina
Fotografía principal cortesía de Madera21

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