Sobre una de las colinas de Tenaún, en la Isla Grande de Chiloé, descansa una vivienda diseñada por los arquitectos Jonás Retamal y Pablo Barudy, bajo la propuesta de del encuentro entre la tradición constructiva chilota y la experiencia de los carpinteros de Pichilemu. Construida con estructura de pino IPV y revestimientos de mañío, alerce y ciprés, Casa La Marinera toma referencias de las iglesias, los palafitos y los barcos para dar forma a una arquitectura que nace desde la práctica del oficio y la observación del paisaje.
Primero estuvo la vista. Luego apareció la casa. “De todas las obras que he hecho, es la que tiene la mejor vista. El amanecer y la vista directa a la cordillera son impactantes”, señala el arquitecto Jonás Retamal al abrir la conversación. La obra se emplaza frente al canal de Tenaún, que conecta un conjunto de islas y donde el movimiento de embarcaciones acompaña la vida cotidiana.

La casa nació a partir de una inquietud que Jonás venía desarrollando desde hace años, crear un diálogo con la cultura de la madera en Chiloé que uniera la carpintería de tierra con la de la ribera. “Sentía que nadie había hecho una obra que estuviera a medio camino entre los dos”, explica.
Así, las formas de Casa La Marinera se alejan de las geometrías convencionales. Los muros se curvan, los volúmenes parecen tensarse como velas y algunos espacios evocan la presencia de una embarcación detenida frente al paisaje. La influencia naval aparece en encuentros, pliegues y recorridos. También en la manera en que la casa se relaciona con el horizonte y con el movimiento constante del canal.
El silo que organiza la vida de la casa
La organización espacial de Casa La Marinera nace a partir de un silo central que articula la vida interior y, al mismo tiempo, ordena la relación de la vivienda con el paisaje. A partir de este núcleo se distribuyen los distintos espacios, todos orientados para capturar las vistas hacia el canal de Tenaún y la luz del amanecer. La forma curva del silo introduce una sensación de abrigo frente a la inmensidad del entorno marítimo que se despliega tras las ventanas.

Con una superficie total cercana a los 210 metros cuadrados, la casa alberga tres habitaciones, dos baños y medio, áreas comunes, un estudio o altillo y una terraza-mirador que corona el proyecto. “La idea era crear este espacio central como un silo, un área curva que acogiera, con la idea de reunirse en torno al calor”, explica el arquitecto. Desde ese corazón revestido en mañío, la vivienda se despliega hacia los dormitorios y los espacios de encuentro, manteniendo una relación permanente con el horizonte.
En el segundo nivel se ubica un altillo que funciona como estudio privado, concebido para la lectura y el trabajo creativo, mientras que las áreas comunes aprovechan la amplitud visual que ofrece el emplazamiento. La orientación de la casa privilegia la llegada del sol de la mañana, reforzando una experiencia donde la luz forma parte de la arquitectura cotidiana.
Sobre este volumen central emerge un mirador ubicado en el tercer nivel, pensado como una torre de observación orientada hacia el este. Desde allí la vista se proyecta sobre el canal, la isla de Mechuque y el conjunto de pequeñas islas que aparecen dispersas frente a la costa.
La presencia de este mirador también incorpora una dimensión lúdica que dialoga con el imaginario cultural del archipiélago, conocido por las historias de brujos, apariciones y relatos transmitidos de generación en generación. Jonás recuerda que durante el diseño aparecieron muchas conversaciones en torno a esa tradición. “El sector es tierra de brujos y bromeábamos que esa terraza era para que los brujos salieran volando”, comenta entre risas.

Oficios que se encuentran en la madera
Casa La Marinera cuenta con una estructura principal ejecutada en pino IPV, una solución que permitió resolver las exigencias constructivas del proyecto y dar forma a las curvas y tensiones que caracterizan la arquitectura de la vivienda. Sobre esa base se incorporaron revestimientos de maderas nativas como mañío, alerce y ciprés, cada una escogida por sus cualidades y por la relación que mantienen con la tradición constructiva chilota.
El interior encuentra su identidad en el mañío. “Para mí el mañío es la representación del sol en madera. Es una forma de traer el sol al interior de la casa”, explica el arquitecto. Su tonalidad clara acompaña la luz que ingresa desde el oriente y refuerza la sensación de refugio que entrega este espacio central. El alerce, en tanto, aparece en revestimientos y elementos estructurales interiores, como en las tejuelas exteriores.
La construcción reunió además a dos grupos de carpinteros, de Chiloé y de Pichilemú. Los provenientes de la región de O’Higgins, asumieron el desafío de materializar la estructura de la casa y las geometrías curvas diseñadas por el arquitecto. Entre las soluciones desarrolladas en obra destacan vigas cajón curvas y ventanas circulares construidas pieza por pieza, resolviendo formas poco habituales mediante trabajo artesanal y precisión constructiva.
Y cuando llegó el momento de revestir la vivienda con tejuelas, entraron en escena los carpinteros de Tenaún, encabezados por la familia conocida como “Hueas de Gallo” y reconocida por su participación en mingas, además de su conocimiento acumulado durante generaciones de trabajo en madera.
La orientación como reguladora del calor
La preocupación por la habitabilidad tuvo la misma relevancia que el trabajo material. Desde su concepción, la casa fue orientada para captar el sol de la mañana, aprovechando la exposición hacia el oriente y las vistas sobre el canal de Tenaún. Los dormitorios y los principales espacios de permanencia reciben la primera luz del día, mientras que la cocina se vincula a un invernadero que incorpora el calor acumulado durante la tarde.
A ello se suma una envolvente diseñada para responder a las exigencias climáticas de Chiloé. Los muros, pisos y cubiertas incorporan varias capas de aislación con Fisitermo, instaladas y selladas cuidadosamente para reducir filtraciones de viento y pérdidas térmicas. La vivienda cuenta además con ventanas termopanel y marcos de PVC, una combinación que contribuye a mantener el calor interior y mejorar el comportamiento termoacústico de los recintos. El resultado es una casa que aprovecha la energía solar disponible, resiste las condiciones del archipiélago y demuestra cómo la construcción en madera puede seguir respondiendo de manera eficiente al clima del sur de Chile.